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(Conferencia magistral, dictada en las “Primeras jornadas venezolanas de psicología de la salud, y II Jornadas venezolanas de ALAPSA, Aula Magna de la URU, Maracaibo del 26 al 28 de octubre de 2011)
Psicólogo investigador del Laboratorio de Psiconeuroinmunología
Profesor de la Cátedra de Inmunología
Escuela de Medicina Dr. J.M.Vargas UCV
pablo.canelones@gmail.com
ANTECEDENTES DE LA MIRADA PSICONEUROINMUNOLÓGICA
El discurso y la acción predominante en la atención médica, y de los equipos humanos que trabajan con la enfermedad, es esencialmente biologicista, centrada en el órgano enfermo, apoyada en los mecanismos de acción fisiológicos normales o patológicos, herencia de René Descartes y Julien de la Mettrie con su enfoque meterialista- mecanicista y de Claude Bernald, con su énfasis en la fisiología experimental. Su desarrollo teórico y técnico es innegable pero ha representado una hipertrofia del cuerpo y la enfermedad a expensas del descuido de lo psicosocial y la salud.
Paralela a esta mirada, se ha generado un discurso alternativo, centrado en la enfermedad como un fenómeno que pone en evidencia la participación de las cualidades psicológicas, antropológicas, sociales y espirituales. Los soportes colectivos de este enfoque son: la medicina antroposófica, con su énfasis en la espiritualidad del hombre; los postulados de la medicina antropológica, representada por Weizsacker, su fundador, quien introduce al ser humano como centro de la acción médica, la medicina psicosomática de Alexander y Dunbar en los Estados Unidos, influenciados por los avances teóricos del psicoanálisis de Freud, la fisiología experimental, con los trabajos sobre el estrés, de Cannon y Selye y los importantes aportes de la escuela de Pavlov, con el enfoque cortico visceral, y el condicionamiento de las funciones fisiológicas.
Como fruto de estos planteamientos teóricos y experimentales, quedó latente dentro de la medicina, una actitud psicosomática, que no logró materializarse como forma científica predominante de comprender al enfermo, por la dificultad de expresar sus postulados en un código bioquímico (lenguaje inteligible de la ciencia médica positiva).
Hubo que esperar al desarrollo de la biología celular, las neurociencias, la inmunología y la demostración de un enlace reproducible experimentalmente en condiciones controladas de laboratorio, para legitimar este conocimiento por medio de una nueva disciplina científica, la psiconeuroinmunología.
LA PSICONEUROINMUNOLOGÍA
Como se ha dicho, el interés científico, teórico y especulativo por las relaciones existente entre los aspectos psicológicos y su influencia en el cuerpo, para definir la salud o enfermedad, había aumentado considerablemente en los últimos años del siglo XX, y se había expresado en diferentes tendencias académicas y de investigación, basados en evidencias de orden clínico, como el enfoque antropológico y la aproximación psicosomática, ambos desarrollados a partir de los años cuarenta, con base al gran volumen de literatura existente y a las limitaciones del enfoque biomédico para dar respuesta a las enfermedades de etiología desconocida o funcional, que aumentaron significativamente a partir de las dos Guerras Mundiales. Estas condiciones, originaron la formulación de un nuevo paradigma en la medicina; el enfoque bio-psico-social de Engel, propuesto para explicar la salud y enfermedad en un contexto más amplio de variables y aplicarlo a los diferentes niveles de atención (Engel, 1977).
La psiconeuroinmunología se inscribe dentro de esta visión amplia del proceso de salud-enfermedad. En la década de los 20 ocurrió un hecho que precedió a la conformación de la medicina antropológica y psicosomática, que pasó inadvertido por la comunidad científica de la época, y fue la elaboración de un protocolo de investigación, que puso en evidencia el condicionamiento del sistema inmunológico, realizado por los soviéticos Metalnicov y Chorine en el instituto Pasteur de París, quienes demostraron en un modelo experimental con cobayos, el aumento de la respuesta inmunológica, ante un estímulo condicionado y la resistencia a una dosis letal de cólera (Metalnicov y Chorine 1926). Por el desconocimiento que se tuvo por décadas, de este hallazgo, la primera investigación que reporta la literatura científica que se puede considerar dentro del campo de la psicoinmunología, fue realizada por Ishigami, en Japón en 1919, sobre la influencia de las actitudes psicológicas, en el sistema inmune de las personas con tuberculosis pulmonar (Ishigami, 1919). Esta enfermedad fue un excelente modelo de investigación de las variables psicobiológicas, igualmente explotado en la literatura desde la publicación de “La Dama de las Camelias” de Alejandro Dumas. En 1951 Day, publicó una serie de observaciones sobre la influencia de variables psicológicas en la evolución de la tuberculosis (Day, 1951). En esta misma década de los 50 y 60 se hicieron aplicaciones psicoterapéuticas, para controlar alteraciones somáticas relacionadas con el sistema inmune, como la utilización de la hipnosis para hacer desaparecer las verrugas, realizado inicialmente por Sinclair-Gieben y Chalmers, con excelentes resultados, que publicaron en Lancet (Sinclair-Giben y Chalmers, 1959) en ese mismo año se publicó una revisión crítica en Psychosomatic Medicine, sobre la psique, la sugestión y las verrugas en donde se hace referencia a las cualidades de sugestibilidad del paciente y del curador ,que hacían posible la desaparición de las verrugas, pero en ese momento se desconocía el mecanismo inmunológico involucrado en el proceso terapéutico (Ullmann, 1959).
Los pioneros del enfoque de la psiconeuroinmunologia, se habían formado en el campo de la investigación psicosomática, y habían realizado investigaciones en el área de la salud y enfermedad, con aproximaciones a variables inmunológicas, de interés clínico o experimental. En 1964 Solomon y Moss, publicaron un artículo, donde relacionaban las variables: emoción, inmunidad y enfermedad, en donde, además de hacer algunos aportes teóricos especulativos, sobre una visión integradora de dichas variables, acuñaron por primera vez el término de psicoinmunología (Solomon y Moss, 1964), otros investigadores, abordaron el problema de explicar una evidencia clínica cotidiana, como es: la capacidad de un estímulo simbólico para generar una respuesta fisiopatológica de tipo alérgico, con manifestaciones respiratorias, en piel u otra zona del cuerpo y las conclusiones de los estudios se asociaron con mecanismos inmunológicos (Amkraut y Solomon, 1974), de igual manera se abordó la respuesta diferencial de anticuerpos en situaciones de estrés (Solomon, 1969), el impacto de las experiencias estresante tempranas en la respuesta inmune, en modelos experimentales con ratas (Solomon, 1968) por su parte Robert Ader, realizó paralelamente algunos protocolos de investigación sobre: la influencia del entorno social y la emocionalidad en la diabetes, (Ader, 1963) los efectos del entorno social en la mortalidad diferencial, de ratas expuestas a radiación (Ader, 1963) las erosiones gástricas en ratas, como consecuencia del estrés por inmovilización, en diferentes puntos del ciclo de actividad (Ader, 1964), Las experiencias estresantes tempranas y los niveles de susceptibilidad al desarrollo de tumores en ratas (Ader, 1965) igualmente estudió el efecto de las experiencias estresantes tempranas, en la susceptibilidad a desarrollar erosiones gástricas, en modelos con animales (Ader, 1965).
EVIDENCIAS CIENTÍFICAS
Todos estos antecedentes fueron nutriendo un espacio de investigación, que fue evidenciando, no solo la existencia de relaciones multidireccionales entre los diferentes sistemas, sino también, las cualidades estructurales y dinámicas de esa vinculación, entre las variables psicosociales y los sistemas: nervioso, endocrino e inmunológico. Estas evidencias científicas, obtenidas a partir de la década de los 70, se pueden dividir en: anatómicas, fisiológicas, funcionales y psicológicas, de acuerdo a las unidades de análisis, utilizados para abordar el problema.
Evidencias anatómicas:
Están referidas a la descripción del conjunto de relaciones anatómicas, entre el sistema nervioso central y los órganos primarios y secundarios del sistema inmune, principalmente descritas por David Felten y su equipo, quienes describieron: la existencia de fibras nerviosas noradrenérgicas del sistema nervioso simpático, que inervan tanto la vascularización del parénquima, como los campos de los linfocitos y las células asociadas en varios órganos linfoides, primarios (timo y médula ósea) y secundarios, (bazo, ganglios linfáticos, tejido linfoide asociado al intestino) en una variedad de especies de mamíferos, con un complejo tejido de conexiones estructurales entre el sistema nervioso y los órganos y células del sistema inmune, adicionalmente las observaciones inmunocitoquímicas, han revelado la presencia de neuropéptidos en el timo y el bazo (Felten y col 1985., Felten y col, 1987.,Livnat y col, 1987., Carlson y col 1987)
Evidencias fisiológicas:
Este cúmulo de hallazgos, van dirigidos a describir la dinámica de las interacciones a nivel bioquímico, con base en las estructuras anatómicas existentes. En la actualidad hay pruebas aburmadoras de que las citoquinas, hormonas y neurotransmisores péptidos, así como sus receptores, son endógenos a los sistemas cerebrales, endocrino e inmunológico y han sido descritas principalmente por Edwin Blalock, quien afirma que estos productos químicos y sus receptores, se utilizan como un lenguaje bioquímico común para la comunicación dentro y entre los sistemas inmune y neuroendocrino. Este tipo de comunicación, sugiere un papel inmunorregulador para el cerebro y una función sensorial para el sistema inmunológico. Cuando se logren establecer claramente estos circuitos, se va a transformar drásticamente la comprensión de la fisiología y pueden afectar profundamente el tratamiento de las enfermedades humanas.
Las evidencias experimentales indican que las células de los órganos primarios y secundarios del sistema inmune, pueden producir: hormonas, neuropéptidos y neurotransmisores (Blalock, 1994; Wilder, 1995; Haddad, 2002) . También se ha establecido que los leucocitos expresan receptores en la membrana para una diversidad de hormonas, neuropéptidos y neurotransmisores, (Blalock 1994.,Gaillard, 2003) hay evidencias que indican que las hormonas, neuropéptidos y neurotransmisores tienen efecto inmunoregulador (Bellinger, 1992., Madden 1995). Igualmente se ha generado un volumen considerable de evidencias que demuestran que el cerebro, por medio de las estructuras del sistema nervioso, como la neuronas y células gliales, producen citoquinas inmunológicas (Eizenberg y col, 1995; Stalder y col, 1997., Conti y col, 1999) Evidencias que indican que las citoquinas leucocitarias tienen efecto sobre el sistema neuroendocrino (Stein y col, 1993, gaillard, 2001).
En esta misma línea en 1985, Candace Pert, descubrió que receptores de neuropéptidos específicos se encuentran presente en las paredes celulares del sistema inmune y el cerebro, (Pert, 1985) igualmente descubrió neurotransmisores que actúan directamente sobre el sistema inmune, lo que muestra la íntima relación con las emociones y sugiere mecanismos mediante los cuales las emociones y la inmunología son profundamente interdependientes (Ruff, col 1985).
Existe también un número significativo de evidencias experimentales que indican que la comunicación entre el sistema inmune y el sistema neuroendocrino es bidireccional, como un mecanismo de inmunoregulación, tal como se comprobó, con modelos animales, que la respuesta inmune induce respuestas endocrinas (Besedovsky y col 1979) igualmente los productos liberados por las células inmunológicas activadas, durante la respuesta inmune, induce respuestas autonómicas que contribuyen a la inmunoregulación, (Besedovsky, 1979, 1983) también se ha establecido que la respuesta inmune, induce cambios en el sistema nervioso central; la primera evidencia en este sentido, fue el aumento de más del 100% de la actividad eléctrica de las células del núcleo ventromedial del hipotálamo durante la respuesta de defensa ante un antígeno (Besedovsky, 1977) estas interacciones implican la existencia de mensajeros aferentes derivados del sistema inmunológico, tales como linfocinas y monocinas, capaces de integrar circuitos neuroendocrinos inmunes. (Besedovsky, 1983, 1991)
Evidencias funcionales:
Las relaciones funcionales entre el sistema nervioso y el sistema inmune se pusieron en evidencia con la destrucción o cloqueo por medios físicos o químicos de algunas zonas cerebrales, que se observó que cursan con alteraciones selectivas de algunos componentes del sistema inmune, por ejemplo se ha observado que la hipofisectomía de ratas Fischer 344 de ambos sexos, llevó a una involución rápida del timo y el bazo, que se asoció con una profunda disminución de la síntesis de ADN espontánea en estos órganos. La proporción de linfocitos B en el bazo, las células T y sus subpoblaciones (CD4 + / CD8 +) en el bazo y el timo, y la estructura histológica de los órganos de involución se mantuvo normal (Berczi y col 1991). Igualmente lesiones del hipotálamo generan una variedad de alteraciones en el sistema inmune, entre ellas: la disminución de la hipersensibilidad retardada, producción de anticuerpos, anafilaxia y rechazo de trasplantes. (Luparelo y col., 1964; Hellera y col., 1965; Macris y col 1970) También se ha reportado alteraciones en el número de células esplénicas en función de la destrucción del hipocampo o de otras regiones cerebrales, (Devi, 1990) existen también reportes experimentales de la influencia de la lateralidad de algunas zonas cerebrales y la modificación de algún tipo de respuesta de las células T, en función de la destrucción de la neocorteza cerebral izquierda o derecha. (Renoux y col, 1987., Renoux y col 1988)
Evidencias Psicológicas:
Este conjunto de evidencias se vieron coronadas con un hallazgo que las reunió en un solo proceso de integración; el condicionamiento de la inmunosupresión del sistema inmune realizado por Robert Ader y Nocholas Cohen de la Universidad de Rochester, mediente un protocolo de condicionamiento clásico, donde se asoció el agua con sacarina y un inmunosupresor, la ciclofosfamida y ante la reexposición de los animales sólo al agua con sacarina, se obtuvo la respuesta condicionada de inhibición de la respuesta inmune (Ader y Cohen, 1975). Este hallazgo representó un paso fundamental en el campo de la ciencia y generó una revisión de la idea de la autonomía del sistema inmunológico, que se había dado por cierta en ese campo del conocimiento y abrió un espacio de aplicaciones clínicas: una de las primeras fue el condicionamiento de la inmunosupresión para tratar una enfermedad autoinmune, parecida al lupus eritematoso sistémico, en un modelo experimental con ratones hembras híbridas NZBXNZW, susceptibles al lupus, cuya enfermedad fue modificada radicalmente con la reexposición sólo al agua con sacarina que, generó inmunosupresión por asociación con ciclofosfamida, mediante un protocolo de condicionamiento clásico. (Ader y Cohen, 1982)
De la misma forma el sistema inmune es susceptible a ser condicionado para inmunoactivarse, como lo demostraron Ghanta y col. con un modelo experimental con implante de sarcoma, y asociaron el olor a alcanfor con un estimulante de la actividad de los linfocitos NK, el ácido polinosínico policitidílico, al ser reexpuestos sólo al olor a alcanfor, se obtuvo elevación significativa de la actividad de los linfocitos NK (Ghanta y col 1985). En un estudio posterior, el mismo estímulo incondicionado fue asociado con diversas respuestas condicionadas, por ejemplo se realizó un condicionamiento de la respuesta de las NK, utilizando una asociación de agua con sacarina, con un inmunosupresor y un inmunoestimulador de las células NK, y se obtuvo la respuesta condicionada esperada en ambos casos. (Hiramoto y col, 1987)
El descubrimiento de la posibilidad de condicionar el sistema inmune es uno de los hallazgos más significativos en el área de las ciencias de la salud de los últimos 36 años ya que demostró la íntima relación psique-soma del ser humano, y rompió con el paradigma de un sistema inmune autónomo y autoregulado, lo que abrió la posibilidad de poder influir con técnicas psicológicas ese sistema, para potenciarlo y que realice su acción más eficientemente contra virus, hongos, bacterias y células tumorales o para inhibirlo en el caso de enfermedades autoinmunes o trasplantes de órganos para evitar el rechazo y en términos más generales influir sobre las contingencias ambientales para propiciar el óptimo desarrollo y funcionamiento del sistema defensivo.
ESTABLECIMIENTO FORMAL DE LA PSICONEUROINMUNOLOGIA
La palabra psiconeuroinmunologia, apareció por primera vez en el compendio publicado por Robert Ader, Nicolas Cohen y David Felten en 1981, en el que se estableció que el sistema inmunológico constituye un sistema único e integrado de defensa, con la participación de la las variables psicosociales, el sistema nervioso y el sistema endocrino, con relaciones bidireccionales que se verifican a nivel estructural y bioquímico (Ader, 1981). Esta primera publicación congregó un conjunto de investigaciones en el área, con las descripciones de las bases fundamentales de las relaciones existentes entre el sistema inmune y los otros sistemas, además delineó un objeto de estudio particular, lo que generó la fundación en 1983 de la Psychoneuroimmunology Research Society, que celebró su primer congreso internacional en el año de 1986 y un año después, en 1987 se fundó la revista Brain Behavior and Immunity, órgano oficial de la citada sociedad científica.
Hoy día, hay grupos de estudio y laboratorios de psiconeuroinmunología en centros de investigación y docencia en todos los continentes y han generado un volumen de información abrumadora sobre los temas más diversos relativos a la salud y la enfermedad. En Venezuela, en el año 1995 iniciamos un protocolo de investigación con niños con asma que publicamos en 1999 en Brain Behevior and Immunity y fundamos en 1997 el Laboratorio de Psiconeuroinmunología en el Instituto de Biomedicina de de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Actualmente, hay grupos trabajando en el área, en el Centro de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Los Andes (ULA) y en la Universidad Simón Bolívar (USB), entre otras.
En el editorial del primer número de Brain Behavior and Immunity se esbozan las inquietudes que convocan a la organización de esfuerzos para investigar en el campo de la psiconeuroinmunologia, se aseguraba que el conocimiento que se tenía hasta el momento no era suficiente para explicar: ¿por qué estímulos inmunológicamente neutros pero emocionalmente intensos son capaces de producir reacciones alérgicas?¿por qué pueden hacerse desaparecer las verrugas bajo hipnosis?¿por qué el ambiente social puede determinar la respuesta individual a enfermedades infecciosas?¿por qué virus latentes dan lugar a enfermedades manifiestas bajo circunstancias estresoras para el organismo infectado?¿por qué al ser expuestos a los mismos agentes infecciosos sólo enferman algunos individuos? (Ader y col, 1987).
EL SISTEMA INMUNE COMO UN SISTEMA SENSORIAL
Uno de los descubrimientos, verdaderamente notables en la biología moderna, es la verificación de que el sistema nervioso y el sistema inmunológico, utilizan un lenguaje bioquímico común, para la comunicación intra e inter-sistema, por medio un conjunto de péptidos, neurotransmisores peptídicos y citoquinas, producidos por ambos sistemas, que actúan sobre un repertorio común de receptores, que se trasladan por vía física y humoral para verificar la comunicación bidireccional. Este complejo sistema de superinformación y regulación (Ferenzik, 1998), ha llevado a considerar al sistema inmune, no sólo como un sistema de defensa del organismo, sino también como un sexto sentido, con gran sensibilidad y especificidad, para detectar y avisar al sistema nervioso de la presencia de entidades, tales como: virus, hongos, bacterias, y células tumorales, que son imperceptibles para los sentidos clásicos. (Blalock 2005).
El sistema inmune integrado a los sistemas nervioso y endocrino, en comunicación permanente, configuran una gestalt, es decir un sistema integrado de gran complejidad (Dozmorov, 2011), que funciona como un sexto sentido, que informa al organismo con una codificación diferente a la forma como usualmente conocemos nuestro entorno, ya que, por tratarse de realidades que se verifican dentro del organismo, no se pueden escuchar, ver, oler, saborear ni tocar; no obstante el sistema nervioso no solo decodifica el mensaje con exactitud, sino que adicionalmente elabora una respuesta, con las cualidades requeridas para movilizar al cuerpo a responder a este tipo de desafío defensivo, (Blalock 2007) que puede ser una respuesta efectora, bioquímica o conductual.
Un ejemplo ilustrativo, de esta forma de comunicación y respuesta efectora del organismo, es el síndrome del comportamiento de la enfermedad o “sickness behavior” caracterizado por: fiebre, anorexia y letargo, descrito inicialmente en los animales enfermos. Este comportamiento es una respuesta conductual a la necesidad del sistema inmune, de disponer de mayor energía para realizar el proceso defensivo, limitando las otras actividades no esenciales para el reto inmune y está determinado, por varias citoquinas secretadas por los leucocitos en su proceso de defensa, los cuales incluyen la interleuquina (IL-1b, IL-6) y factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α). Estas citoquinas son secretadas por las células fagocíticas mononucleares activadas.
Debido a que el síndrome del comportamiento de la enfermedad, es una respuesta que modula el sistema inmunológico y mejora la recuperación, la interacción entre el sistema inmunológico y el sistema nervioso central, es una parte esencial de la defensa del huésped contra los microorganismos patógenos en general, lo que demuestra que el comportamiento de la enfermedad: 1) es un estado motivacional, 2) es una respuesta adaptativa bien organizado a la infección, (3) las citoquinas producidas por leucocitos activados inducen el comportamiento de la enfermedad y 4) las citoquinas transmiten mensajes desde la periferia hasta el cerebro mediante las vías humorales y neurales (Johnson, 2002).
En los humanos, el comportamiento de la enfermedad se manifiesta por: anorexia, fiebre, letargo, disminución de actividades cognitivas y reducción de actividades sociales, todos estos síntomas se pueden inducir en sujetos sanos con inyecciones periféricas y centrales de lipopolisacárido (LPS), un inductor de citoquinas, y recombinantes de citoquinas proinflamatorias como la interleucina-1 beta (IL-1 beta). Existen evidencias de que los diferentes componentes de comportamiento de la enfermedad son mediados por diferentes citocinas y que la importancia relativa de estas citoquinas, no es igual en los compartimientos de citoquinas periféricas y centrales (Dantzer, 1998). Estas evidencias pueden indicar, la especificidad de la comunicación bioquímica que efectúa el sistema inmune con el sistema nervioso, que podría ser percibido por la conciencia de una manera diferente, a la mediada por los sentidos tradicionales.
Esto podría explicar una realidad clínica bastante frecuente, que se manifiesta con la insistencia de algún consultante a ser examinado, aún con síntomas subjetivos muy leves de alguna alteración focalizada en algún lugar del cuerpo y que luego de un examen riguroso, se encuentra algún proceso incipiente, en etapas muy tempranas y aún sin manifestaciones clínicas evidentes, pero que han sido suficiente para ser percibidas por el sistema inmune, incluso con localización exacta y estructurar la conducta de alarma que impele a la solicitud de ayuda. El síndrome del comportamiento de la enfermedad es característico de los procesos neoplásicos, que puede mantenerse a lo largo del curso de la enfermedad (Myers, 2008) y con mucha frecuencia es su primera manifestación clínica de baja intensidad.
EL SISTEMA INMUNE APRENDE
Teniendo en cuenta los postulados de la psiconeuroinmunología, de que los mecanismos homeostáticos son el producto de un sistema integrado de defensa, de los cuales el sistema inmunológico es un componente crítico, junto al nervioso y endocrino, que permite a cada sistema controlar y modular las actividades del otro, no es de extrañar, entonces, que la reactividad inmunológica puede ser influenciada por las experiencias estresantes de la vida, asociadas con procesos inmunológicos como una forma de condicionamiento pavloviano, (Ader, 2003) otro aspecto importante a considerar es la asociación entre situaciones ambientales generales y variables inmunológicas, ya que se ha demostrado el condicionamiento de variables relevantes del contexto con respuesta orgánicas y este fenómeno es lo que podría explicar las nauseas anticipatorias, que se producen al ser expuesto al contexto hospitalario donde se experimentaron inicialmente y se condicionaron (Hall, 2006).
Se ha demostrado la inmunosupresión condicionada, con el uso de la asociación de la ciclofosfamida con el agua endulzada con sacarina, para obtener una respuesta de inmunosupresión. Se han examinado las áreas del cerebro, que procesan funciones de tipo cognoscitivo y emocional, que podrían estar relacionadas con el proceso del condicionamiento de la inmunosupresión: la corteza insular (CI), es esencial para adquirir y evocar esta respuesta condicionada del sistema inmune, la amígdala (AM), parece mediar la entrada de la información visceral necesaria en el momento de adquisición del condicionamiento y el núcleo ventromedial del hipotálamo (NMH), parece participar dentro de la vía de salida para el sistema inmunológico necesaria para evocar la respuesta inmune del comportamiento condicionado. (Pacheco, 2005)
Es una experiencia clínica documentada, el desencadenamiento de una crisis de asma o alergia, por la presentación del alérgeno en alguna forma de representación simbólica, o mediante la re-experimentación de la situación psicosocial que desencadena las crisis, en la actualidad a la luz del condicionamiento, se pueden explicar estos fenómenos, como procesos de aprendizaje, ya que la secreción de los mediadores químicos de los mastocitos se ha condicionado ante un estímulo audiovisual neutro, asociado con un antígeno inyectado (ovoalbúmina), los mastocitos respondieron sólo ante el estímulo audiovisual con la producción de (proteasa II) como lo hacen ante la presencia del antígeno (McQueen 1989).
Esta cualidad indica que el sistema inmune está influenciado por las contingencias ambientales, tanto físicas como psicosociales y dejan una huella de aprendizaje más o menos permanente en el sistema, como lo han reportado los estudios con primates separados de las madres, en los que se pudo apreciar proporciones significativamente bajas de células CD8 y menor actividad de las células NK, y el regreso con sus madres un año después, no se tradujo en una recuperación de la respuesta inmune normal, lo que indica que las experiencias tempranas altamente estresantes pueden tener efectos duraderos en el sistema inmune (Lubach, 1995). Esta cualidad, podría explicar también, en parte, el por qué ante los mismos agentes patógenos unos enferman y otros no, o ante la misma carga genética unos desarrollan la enfermedad y otros no, tal como se ha reportado en estudios con familiares de personas con artritis reumatoide que poseen el factor reumatoide en suero, pero no tienen la enfermedad, ni presentan alteraciones en su perfil psicológico, (Solomon, 1965) resultados similares se han reportado, en los que se mencionan a las variables psicológicas como criterio fiable, para identificar a las personas con la enfermedad y a las portadoras del factor pero sin la enfermedad (Vollhardt, 1982).
Las emociones negativas y las experiencias estresantes pueden estimular la producción de citocinas proinflamatorias, que influyen en una serie de enfermedades cuya aparición y evolución pueden estar influenciadas por el sistema inmune, la inflamación se ha relacionado con un espectro de condiciones asociadas con el envejecimiento, las enfermedades cardiovasculares, la osteoporosis, la artritis, la diabetes tipo 2, ciertos tipos de cáncer, la enfermedad de Alzheimer, deterioro funcional y la enfermedad periodontal (Kiecolt-Glaser, 2002). Para hacer frente a estas situaciones se pueden utilizar técnicas que disminuyan la activación fisiológica del estrés, como: el apoyo social que disminuye las emociones negativas y mejoran la salud, a través de su impacto positivo en la regulación inmune y endocrina. Los investigadores también han utilizado una serie de diversas estrategias para modular la función inmunológica, incluyendo la relajación, la hipnosis, el ejercicio y el condicionamiento clásico (Kiecolt-Glaser, 1992).
Esta capacidad de aprender del sistema inmune, ha abierto un espacio de aplicación clínica muy prometedor, en diferentes campos asistenciales, una de las aplicaciones iniciales fue la reproducción del efecto placebo, para generar diseños de tratamientos farmacológicos, con la inclusión deliberada de placebos condicionados para disminuir, por ejemplo, las dosis de corticosteroides y sus efectos colaterales a largo plazo. (Ader, 2000) Otra aplicación exitosa ha sido la inmunoterapia condicionada, que se demostró en animales de experimentación, con linfoma implantado, y fueron tratadas con células normales alogénicas DBA/2 del bazo, cuya administración fue asociada con olor a alcanfor, cuatro veces. Después de esto los animales condicionados fueron reexpuestos al olor a alcanfor solamente. En todos, se observó un retraso en el crecimiento tumoral y en algunos casos, el grupo condicionado presentó un mejor desempeño que el grupo de control con inmunoterapia, estos resultados indican que la inmunoterapia condicionada puede ser un recurso terapéutico viable (Ghanta, 1990).
Sin embargo no podemos explicar todavía muchos de los procesos de aprendizaje inmune ya que; los efectos del condicionamiento y el "estrés" en la modulación de la respuesta inmune dependen claramente las siguientes condiciones: 1) la calidad y cantidad de las intervenciones conductuales, 2) la calidad y cantidad de estimulación antigénica, 3) la relación temporal entre la conducta y la estimulación antigénica, 4) la naturaleza de la respuesta inmune involucrada 5) el tiempo de muestreo del compartimiento inmunológico que se mide, 6) una variedad de factores del huésped, tales como especies, cepas, edad 7) las interacciones entre estas variables. Estos factores nos muestra la complejidad del proceso de aprendizaje que se verifica en forma espontánea con las contingencias ambientales en el caso de las situaciones estresantes, y las variables a considerar cuando lo queremos reproducir deliberadamente. Muchas de las vías neuronales o neuroendocrinas involucradas en la alteración del comportamiento de la respuesta inmune aún no se conocen. Por lo tanto, necesitamos estudios que proporcionen un análisis paramétrico de las condiciones del estímulo, neuroendocrino y del estado inmunológico en el que se superponen con las respuestas que se están condicionando (Ader, 1993).
Uno de los primeros protocolos de condicionamiento, con sujetos humanos sanos, para demostrar la inmunosupresión, se acondicionaron en cuatro sesiones durante 3 días consecutivos, con el fármaco inmunosupresor ciclosporina A, asociado con una bebida con sabor distintivo, cada 12 h. La siguiente semana se realizó una re-exposición a la bebida de sabor distintivo y un placebo. Se generó una respuesta de inmunosupresión condicionada, según el análisis de la expresión del ARNm de (IL-2) e (IFN-γ), la producción intracelular y la liberación in vitro de (IL-2) e (IFN-γ), así como la proliferación de linfocitos. Estos datos demostraron por primera vez que la inmunosupresión puede ser condicionado en los seres humanos (Goebel, 2002).
Con protocolos de inmunosupresión condicionada, se ha logrado: una inhibición significativa de la interleuquina (IL-2) e interferón (IFN-γ) por las células T de ratas y humanos, simulando el efecto de la ciclofosfamida, solo con la presentación del estímulo condicionado (EC). Más importante aún, una supresión similar se observó después de una segunda exposición, sin reforzar el (EC) que fue separada de la primera evocación por un intervalo de 6 días (para las ratas) y 11 días (para los humanos). Lo que demuestra que una inmunosupresión aprendida puede ser recordada en varias ocasiones, lo cual es un requisito previo importante para la aplicación de los paradigmas de condicionamiento como terapia adyuvante. (Wirth, 2011) Los procesos de condicionamiento son uno de los principales mecanismos de la respuesta placebo. Se ha demostrado que la inmunosupresión sobre comportamientos condicionados puede atenuar la exacerbación de enfermedades autoinmunes, la supervivencia de injertos y prolongar el tiempo del periodo intercrítico de la respuesta alérgica (Vits, 2011).
Existe una abrumadora producción de conocimiento en el área del condicionamiento de la respuesta inmune, que están perfilando a la inmunología conductual como un espacio de aplicación clínica bien definido.
El SISTEMA INMUNOLÓGICO SE CONMUEVE
El sistema inmune tiene la particularidad de conmoverse, es decir, de perder el equilibrio dinámico, propio de la homeóstasis, en la misma dirección empática, que dictan las vicisitudes de la psique, en cuanto a su esfera emocional inmediata o por la anticipación de situaciones futuras amenazantes o re-experimentación cognitiva y afectiva, de hechos pasados traumáticos, Todas estas situaciones de sufrimiento, las expresa el sistema inmune con un lenguaje propio y diversos mecanismos bioquímicos inmunoreguladores.
Se ha demostrado que, frente a un evento estresante, particularmente si éste es evaluado como: amenaza, daño o pérdida (Lazarus y Folkman, 1986) y acompañado de una reacción emocional de: ansiedad, depresión, angustia y/o desesperanza, sin posibilidad de control, unido a un predominio de emociones negativas, se activa el eje hipotálamo–pituitaria–adrenal (eje HPA) que conduce a la liberación de cortisol y catecolaminas en las glándulas suprarenales que son fuertes supresores de la respuesta inmune (Manuck y col., 1990; Stein, Miller y Trustman, 1991; Dhabthar, 1998). No obstante existen otros mecanismos regulatorios involucrados en diferentes eventos estresantes, cuyos detalles se desconocen.
La literatura reporta una serie de asociaciones entre diversos eventos estresantes y alteraciones en algunos componentes del sistema inmune; como en el duelo, en donde se ha encontrado disminución de la actividad de las células NK (Irwin, M. y col 1987), en personas con HIV que experimentan dolor e inadaptación por duelo, muestran pérdidas más rápida de las células T, CD4, incluso con independencia de la edad, el estado de salud, el uso de antirretrovirales, y el abuso de drogas ilícitas (Goforth, 2009), la psicoterapia y los modos de afrontamiento tienen un efecto amortiguador en el impacto inmunológico (Lindstrom, 1997).
Otro de los eventos vitales es el divorcio, y las relaciones maritales conflictivas, que generan principalmente en las mujeres, mayor nivel de inhibición de la respuesta inmunológica, incluyendo caídas en el número y actividad de las células NK (Kiecolt-Glaser, 1985), igualmente se ha reportado que las pacientes separadas al momento del diagnóstico de cáncer tenían menor tiempo de supervivencia, que las viudas, divorciadas, y personas que nunca se habían casado (Sprehn 2009). En hombres también se ha reportado alteraciones inmunes luego del divorcio, (Kiecolt-Glaser, 1988) y el impacto del divorcio y la tensión marital se pueden apreciar en las consecuencias fisiopatológicas que generan, incluso en adultos mayores (Kiecolt-Glaser, 1997).
En la depresión y ansiedad crónicas, en donde se ha señalado el efecto inmunosupresor de estas situaciones (Jammer Schwartz y Leight 1988), han reportado menor cantidad de monocitos y mayor cantidad de eosinófilos, (Jemmont, y col 1990) y menor actividad de las células NK, los resultados experimentales indican que los trastornos psicológicos y los síntomas depresivos pueden predecir la disminución significativa de la actividad de las células NK (Nakata 2011), de la misma forma se ha reportado aumento significativo de interleuquinas proinflamatorias, tales como el TNF-α, en situaciones de amenaza social (Dickerson, 2009), lo que parece indicar que el sistema inmune responde de la misma forma, ante situaciones estresantes percibidas o anticipadas.
El estrés laboral y la pérdida del empleo o la inestabilidad en el puesto de trabajo, se consideran graves situaciones de estrés, que incluso, aumentan el riesgo de suicidio, bajo ciertas condiciones situacionales (Classen, 2011) y que pueden afectar tanto a los sistemas neuroendocrino e inmunitario, y manifestarse por reacciones tales como: reacción lenta ante los mitógenos (Arnetz y col 1987) y/o disminución de la actividad citotóxica de las células NK, como se ha informado en los trabajadores desempleados o en los que perciben alta inseguridad en el empleo y/o estrés en el trabajo. Aunque los factores genéticos tienen un papel clave en la patogénesis de enfermedades autoinmunes, el estrés en el trabajo se ha relacionado con una mayor incidencia de trastornos autoinmunes. El impacto de evento estresante es tal, en las células NK, que se considera que las células NK pueden ser incluidas en los programas de salud laboral, como un índice indirecto del trabajo estresante. (Boscolo, 2011). El impacto de este evento estresante se puede expresar también en los hijos, de los padres desempleados, quienes pueden presentar una reducción promedio del 4,5% del peso al nacer (Lindo, 2011).
También hay evidencias que señalan, que el sistema inmune puede ser conmovido por los trastornos mentales, que son capaces de aumentar la vulnerabilidad ante las enfermedades y a condicionar el curso de las mismas. Por ejemplo los trastornos depresivos o los desordenes de ansiedad, como el trastorno por estrés postraumático, tal como se ha reportado en protocolos de investigación posterior a un desastre como el terremoto de Los Angeles en 1994 (Solomon y col. 1997) y el huracán Andrew en 1995. (Ironson y col., 1997) en los cuales se demostró: disminución de las subpoblaciones celulares, CD4, CD8, Natural Killer y una disminución de la respuesta a mitógenos PHA y PWM. Dichas alteraciones pueden permanecer por un período de hasta dos años después de la ocurrencia del evento estresante y se han relacionado con la activación fisiológica del estrés en forma crónica, capaz de facilitar el aumento de diferentes patologías orgánicas, tales como: la diabetes, los problemas cardiovasculares, autoinmunes, digestivos, y el cáncer, aunque con mayor controversia (Bloom JR 1982., Rook KS 1987.,Hobfoll SE, Walfish S. 1984.,Joy YH, Fukada H. 1997., Llabre MM, Hadi F. 1997., Ely, D.L, 1995). Igualmente hay evidencias que apoyan la hipótesis de la participación del sistema inmune en el conjunto de variables etiológicas de los trastornos psiquiátricos, tales como la esquizofrenia (Steiner, 2010), el trastorno bipolar, en cuya fisiopatología pordrían estar implicados los macrófagos, linfocitos y sus mediadores químicos (Liu, 2004) y en el alzheimer, se hipotetiza la participación de la inmunidad innata como adyuvante en su etiología.
Las evidencias experimentales obtenidas hasta el momento, parecen indicar, que cuando la sumatoria de pérdidas resulta abrumadora, para la persona y no se percibe posibilidad de reparación, es decir que no hay esperanza, surge un estado de estrés crónico y depresión, que encierra al sujeto en la metáfora de “esto no es vida” o “así no se puede vivir” que lo expresa el sistema inmune por medio de la inflamación crónica y presencia de IL-6 y Proteina C Reactiva (PCR) a consecuencia del estrés y podría preparar las condiciones para propiciar una muerte programada, ya que la inflamación crónica se ha reportado como un mecanismo biológico clave que puede impulsar disminución de la función física, que conduce a la fragilidad, la discapacidad y finalmente a la muerte (Hamerman, 1999; Taaffe, 2000). Este tipo de condiciones se ha documentado en los cuidadores únicos de personas con enfermedades crónicas y degenerativas, en las que se observa alteraciones de las células T, y envejecimiento acelerado (Damjanovic, 2007) igualmente se ha encontrado alteraciones en la respuesta proliferativa de las células T, reducción del número y funcionamiento de las células NK, estos indicadores aumentan la morbilidad y mortalidad de este grupo de personas (Castle, 1995). La idea de que la psique se pueda comunicar con el cuerpo en general y con el sistema inmune, en particular, con un lenguaje analógico o metafórico, tal como lo aseguraba Freud, sigue siendo una hipótesis de trabajo muy tentadora.
Como se ha señalado, a la luz de los desarrollos de la psiconeuroinmunología, el núcleo de la investigación psicosomática no consiste en analizar el papel de los factores psicosociales como causa directa de la enfermedad sino como productores de alteraciones de susceptibilidad a la enfermedad (Plaut y col, 1981) lo que apoya la visión antropológica que afirmaba que la enfermedad implica la participación del ser humano social como totalidad compleja, vista como un hecho con un profundo significado existencial.
El SISTEMA INMUNOLÓGICO, NÚCLEO DE LA SALUD
Partimos de un concepto sustantivo de salud, definiéndola desde su misma condición y no como una construcción en espejo desde la enfermedad, en tal sentido Pacheco dice sobre la salud que “…Ella no es sólo, aquello que cuidan los médicos, sino que integra algo mucho más amplio y complejo que nos recuerda a la existencia humana concreta…””…Esa tendencia a la armonización biopsicológica, supone fuerzas, potencialidades, capacidades vitales humanas, expresiones de la dinámica biológica de ese sujeto, de su estructura y dinámica psíquica, que se han ido construyendo en su proceso muy concreto de historia vital, desde la misma concepción. Historia vital que es esencialmente social, por cuanto se construye en el compartir con los otros en una multiplicidad de relaciones, la satisfacción de las necesidades, el trabajo la comprensión, de la sociedad y de sí mismo…” (Pacheco, 1996)
De esta definición se desprenden una serie de expresiones, cuya armonización con el sistema inmunológico, potencian la salud y la vida, se hará referencia a alguna de ellas y las íntimas relaciones que observan con el sistema de defensa. Iniciamos con una de las más estudiadas inicialmente en el campo de la psiconeuroinmunologia.
El apoyo social
Se puede definir tal como lo hacen Lin, como: provisiones instrumentales y/o expresivas, reales o percibidas, aportadas por la comunidad, redes sociales y amigos íntimos (Lin y col.1986), las evidencias de René Spits, de la muerte de los niños con depresión anaclítica a consecuencia de la pérdida del vínculo afectivo, es retomado ahora por la psiconeuroinmunologia con un valor explicativo, protocolos de investigación con animales han demostrado: disminución significativa de la supervivencia de primates separados de las madres, que cursan con alteraciones inmunológicas (Lewis, 2000) proporciones significativamente bajas de células CD8 y menor actividad de las células NK, variaciones que se mantuvieron aún después del regreso con sus madres (Lubach, 1995)
El apoyo social también se ha identificado como un predictor de la esperanza, en cuanto al enfrentamiento de la enfermedad, en mujeres con cáncer de mama (Denewer, 2011), así mismo, se ha demostrado que, el apoyo psicosocial, puede producir cambios positivos tanto a nivel psicológico, como cambios favorables en la respuesta inmunológica (Rook, 1987, Hobfoll y Walfish, 1984, Jou y Fukada, 1997, Llabre y Hadi, 1997). De la misma forma podemos señalar los trabajos clásicos de (Spiegel, 1989, Fawzy, 1994) con personas con cáncer y las aplicaciones con las personas con HIV, realizadas por (Solomon, 1991), con quien demostraron el aumento significativo de la supervivencia en estudios controlados y modificaciones en el sistema inmunológico de las personas sometidas a tratamiento psicoterapeutico. En Venezuela nuestra experiencia con niños con asma de la Isla de Coche (Castés y col. 1999) nos ha mostrado que, cuando se ofrece un programa de intervención psicosocial, se produce una disminución significativa del número de crisis asmáticas y del consumo de medicamentos, y un cambio de la respuesta inmune causante del asma que los convierte –desde el punto de vista de su respuesta inmune– en niños no asmáticos. Las evidencias clínicas y experimentales demuestran que la relación entre las personas establece un vínculo, que genera esperanza y fortalece la probabilidad del cambio, que se expresa en el ámbito social, orgánico o molecular. Nuestra experiencia con mujeres con cáncer de mama demostraron que las intervenciones psicosociales pueden mejorar la calidad de vida del paciente con cáncer de mama al disminuir la ansiedad y la depresión que frecuentemente acompaña a las personas con esta enfermedad (Pocino y col, 2007).
La cualidad humana que fundamenta el apoyo social es el amor, que quedó al margen de la medicina científica, desde los tiempos de Claude Bernald, y que es descubierto ahora como atributo omnipresente, potenciando el valor terapéutico de cualquier recurso técnico. Dean Ornish, cirujano cardiovascular del instituto de investigación en Medicina Preventiva de la Universidad de California, diseñó un programa de apoyo psicosocial, dirigido a revertir la aterosclerosis coronaria severa, mediante el cambio del estilo de vida, publicó sus hallazgos en revistas tan prestigiosas como Lancet, ya que pudo demostrar que los cambios de estilo de vida puede ser capaz de llevar a cabo la regresión de la aterosclerosis coronaria severa, incluso después de sólo un año, sin el uso de fármacos hipolipemiantes (Ornish, 1990), en esa misma fecha publicó un libro titulado “Programa para revertir la enfermedad cardíaca” en la presentación del programa, dentro de sus objetivos se encuentran el equipamiento de las personas en: cambio de dieta, realización de ejercicios, dejar el cigarrillo, hacer relajación, y de igual forma “…enseñarles, cómo ofrecer y recibir con más plenitud los sentimientos de amor” Igualmente Bernard Siegel, pediatra y cirujano, norteamericano, publicó un libro titulado "Amor Medicina Milagrosa" (1998), en el que afirma “…Estimo que toda enfermedad guarda en última instancia, relación con una falta de amor… , …Y estimo además que toda curación está relacionada con la aptitud para dar y aceptar amor incondicional…” Siegel, B (1998).
La risa:
Es una de las áreas más conocidas y popularizadas por las publicaciones de Norman Cousins (1979) sobre su experiencia con la risa, como medio para la superación de su enfermedad y posteriormente por la película “Patch Adams” en 1998, inspirada en Doherty Hunter, quien en 1971 fundó un instituto, que lleva actividades de risa, a los hospitales e instituciones asistenciales de niños huérfanos. Esto motivó la generación de grupos e instituciones, para promover la aplicación de diversas técnicas inductoras de la risa con fines terapéuticos. No obstante todavía el campo de aplicación clínica de la risa, como herramienta terapéutica, es un espacio controversial.
Los estudios realizados sobre las relaciones entre la risa y la salud, han demostrado beneficios fisiológicos, psicológicos y sociales, es decir un buen soporte para el mejoramiento de la calidad de vida, ya que la risa, por ser una cualidad humana, carece de contraindicaciones, se puede expresar en forma espontánea, autoinducida, por observación, con o sin humor. Las evidencias experimentales sugieren que la risa tiene efectos positivos y cuantificables sobre la salud en general (Mora-Ripoll, 2010), especialmente en el mejoramiento de la calidad de vida.
Se ha estudiado en diversos cuadros somáticos, por ejemplo en personas con diagnostico de insuficiencia renal en etapa terminal, en donde se pudo observar que las personas con puntuaciones mayores al promedio en un instrumento de sentido del humor, no solo mostraron mejor calidad de vida, sino también aumentaron su supervivencia en un promedio del 31% (Svebak, 2006), también se ha estudiado en forma prospectiva y se encontró correlación significativa entre el sentido del humor y la supervivencia a la jubilación, hasta los 65 años (Svebak 2010). Los estudios con personas con cáncer han reportado que la risa disminuye la activación fisiológica del estrés, y puede tener efectos fisiológicos en el funcionamiento del sistema inmunológico, como mejorar la actividad de las células NK, que se relaciona con aumento de la resistencia a las enfermedades y disminución de la morbilidad en las personas con cáncer, la risa puede ser una útil intervención cognitivo-conductual (Bennett, 2003)
Hay reportes que indican que los estados de ánimo positivos y la risa modifican diversos aspectos de las funciones inmunes, entre ellos: el aumento de la fagocitosis, las células NK y la respuesta de células T a la fitohemaglutinina, disminución en el número de células T supresoras, y aumento en el número circulante de células T cooperadoras, que son inductoras de las células en la sangre periférica, y la mejora de la blastogénesis espontánea de linfocitos, igualmente las citoquinas, han demostrado estar asociados con la risa y el humor. (Berk, 1989; Mayr, 1998; Berk, 2001; Bennett, 2009) de la misma forma se han reportado variaciones en la inmunoglobulina “A” en saliva (IgAs) ante la exposición a estímulos humorísticos (Dillon, 1985; Berk, 1988; Lefcourt, 1990; D´Anello 2004).
La risa está relacionada con la alegría de vivir y con la calidad de vida, como condición humana pero como técnica terapéutica, parece tener una relación indirecta con el sistema inmune, a través de la disminución del estrés y la depresión pero no como movilizador directo del sistema inmunológico, faltan más investigaciones en el área para incluirlo como un recurso clínico asistencial.
Movimiento:
El movimiento corporal es una cualidad humana y expresión de salud. Es un proceso complejo de interacciones que se expresa en el cuerpo, y lo vivifica, en cada movimiento hay: biología, memoria, cultura, sentimientos, ideas y relaciones sociales, como dice Alexander Lowen (1974) “…la identidad funcional del pensamiento y el sentimiento deriva de su origen común en el movimiento del cuerpo…”
La imposibilidad de moverse, es un estrés elevado, que en animales de experimentación produce múltiples alteraciones, entre otras en las zonas cerebrales relacionadas con la motivación, cuya recuperación decrece, cuando la exposición a la inmovilización ha sido mayor (Lucas, 2011). Un estilo de vida físicamente activo genera beneficios para la salud. Una de las cualidades del ejercicio reconocida recientemente es la reducción del estrés. La hipótesis es que la actividad física puede prevenir el estrés y la inducción de la supresión del sistema inmune y sugiere que el mecanismo es la restricción del sistema nervioso simpático (Fleshner, 2005).
En una revisión con base a 629 trabajos sobre el ejercicio y la inmunidad, se llega a las siguientes conclusiones de importancia práctica en términos de salud: a) En respuesta al ejercicio agudo de duración (<60 min) e intensidad moderada(VO2 máx <60%) hay circulación e intercambio rápido de las células inmunes entre tejidos linfoides periféricos. de todas las células del sistema inmune, las natural killer (NK), neutrófilos y macrófagos parecen ser más sensibles a los efectos del ejercicio agudo, tanto en términos de números y funciones, b) Se ha reportado consistentemente que la práctica de ejercicio a largo plazo, produce una elevación significativa en la actividad de las células NK. Los cambios en la función de los neutrófilos, macrófagos y células T y B en respuesta al entrenamiento se han reportado de manera inconsistente, pero hay algunos indicios de que la función de los neutrófilos se suprime durante los periodos de entrenamiento intenso c) Los datos limitados sugieren que el ejercicio inusualmente fuerte agudo o crónico puede aumentar el riesgo de infección del tracto respiratorio superior, mientras que la actividad física regular moderada puede reducir la sintomatología d) Si bien se ha reportado que el ejercicio regular tiene muchos beneficios para las personas con VIH, el recuento de células T cooperadoras y otras medidas inmunes no se han mejorado de manera significativa, e) Los datos sugieren que la incidencia y mortalidad, para ciertos tipos de cáncer son más bajos entre los sujetos activos. El papel del sistema inmunológico puede ser limitado, sin embargo, depende de la sensibilidad del tumor específico, la etapa del cáncer, el tipo de programa de ejercicios, y muchos otros factores complejos, f) A medida que envejecen los individuos, experimentan una disminución en la mayoría de la respuesta inmune celular y humoral. Dos estudios en humanos sugieren que la función inmunológica es superior en comparación con los sujetos sedentarios de edad avanzada (Nieman 1997).
Espiritualidad:
En la actualidad, en el ámbito de la salud, se incluye la dimensión espiritual de las personas y se ha despertado un interés, en llevar esta dimensión a los laboratorios, lo que ha significado el ajuste de la metodología para definirla, medirla y establecer relaciones con otras variables, es por eso que encontramos múltiples definiciones de la espiritualidad, que van desde la pertenencia y práctica de cualquier religión, hasta el sentido de auto-trascendencia y las mediciones incluyen desde cuestionarios hasta lista de chequeo de conductas religiosas tales como: asistencia a servicios religiosos, orar, predicar, entre otras.
Con distintas visiones conceptuales se han reportado variaciones de diferentes componentes del sistema inmune, en función de la espiritualidad. En un estudio exploratorio se examinó la relación entre la espiritualidad y la función inmune en 112 mujeres con cáncer metastásico de mama. La espiritualidad se evaluó mediante informe de los pacientes de la frecuencia de asistencia a servicios religiosos y la importancia de la expresión religiosa o espiritual. Los resultados indicaron que las mujeres que calificaron como expresión espiritual más alta, tenian mayor recuento total de linfocitos, el recuento de células NK y células T cooperadoras fueron mayores entre las mujeres que informaron mayor espiritualidad. (Sephtom, 2001)
La experiencia social indica que la espiritualidad está relacionada con la promoción de la salud, algunos investigadores afirman que su efecto benéfico en el ámbito clínico puede ser explicado, porque las practicas espirituales implican una variedad de sistemas neuronales que pueden facilitar la producción del mismo fenómeno que el efecto placebo, porque obedecen a mecanismos psicofisiológicos, y de esta forma pueden aumentar la probabilidad de provocar procesos de autocuración, es decir la espiritualidad entendida como un paradigma de efecto placebo extendido, que se centra en el concepto del símbolo y el significado (Kohls, 2011).
Apoyados en el papel que juega la glándula pineal en la mediación de la percepción espiritual y la estimulación de citoquinas contra el cáncer, específicamente la interleuquina (IL-2), se realizó un estudio con 240 personas con cáncer de pulmón sólido metastásico incurable, con un pronóstico de esperanza de vida de menor de un año, se dividieron en 6 grupos y se le administró distinto tratamiento a cada grupo; los mejores resultados en términos de tiempo de aumento de la supervivencia se obtuvieron mediante la asociación entre neuroimmunoterapia con melatonina (MLT) más IL-2 y el programa de Yoga (2 años), que fue significativamente mayor con respecto a la obtenida por tratamiento de apoyo solo, solo Yoga, o IL-2 más MLT solo (1 año). Lo que sugiere que el enfoque terapéutico espiritual puede mejorar el tiempo de superviviencia de las personas con cáncer metastásico (Messina, 2011).
La predisposición de los seres humanos hacia el sentimiento espiritual, el pensamiento y los comportamientos se miden por un rasgo de personalidad que es relativamente estable llamado auto-trascendencia, comprendido dentro de un modelo psicobiológico de la personalidad (Cloninger, 1993). En un estudio realizado con técnicas avanzadas de mapeo cerebral de las lesiones, se realizaron evaluaciones de la personalidad de los sujetos participantes, antes y después de neurocirugía, que produjo un daño selectivo a la izquierda y a la derecha de la región parietal posterior inferior. Como resultado de las lesiones se produjo un aumento significativo y específico de la autotrascendencia, lo que puede arrojar nueva luz sobre las bases neurobiológicas de las actitudes espirituales y religiosas, así como de los comportamientos en los trastornos neurológicos y mentales. (Urgessi, 2010).
Es una hipótesis estimulante, pensar que las remisiones espontáneas de algunas enfermedades, especialmente el cáncer, en cuyos relatos hay la mediación de alguna experiencia mística, pueda ser explicada suficientemente por la intervención de esas zonas cerebrales, que son asiento de la autotrascendencia, estimuladas convenientemente por mediadores químicos provenientes de experiencias de alta intensidad emocional, desde otras estructuras cerebrales, como la amígdala y que generen una respuesta efectora inmunológica de tal intensidad que sea capaz, como potencialmente lo es, de lisar la totalidad de las células de un tumor, hasta hacerlo desaparecer. Aquí es importante resaltar los aportes documentales del antropólogo Levi-Strauss con su concepto de la eficacia simbólica, para la presentación de diferentes enfermedades mediadas por el simbolismo y la muerte por la violación de un tabú, en donde se contempla la posibilidad de influir sobre nuestra biología desde la construcción simbólica que edifica el grupo cultural de pertenencia. (Lévi-Strauss. 1995)(1) bien sea para enfermar o curar al cuerpo.
PRECISIONES FINALES
La Psiconeuroinumnologia, no es una especialidad asistencial, más bien es un enfoque, centrado en el estudio del conjunto de interacciones entre los diferentes sistemas, donde participa la persona, desde los sistemas biológicos hasta los culturales, se aspira que pueda transformarse en el enfoque predominante de la asistencia a la persona con alguna enfermedad y a la construcción de acciones de prevención primaria o promoción de la salud. En consecuencia no tiene métodos de exploración, ni terapéuticos propios, los médicos con su arsenal terapéutico guían su acción desde el enfoque, al igual que los psicólogos, los educadores y planificadores.
La especialidad médica, madre y heredera de la psiconeuroinmunología es la medicina psicosomática, aceptada desde el año 2001 como subespecialización del campo de la psiquiatría reconocida por la Junta Americana de Especilidades Médicas y la Sociedad Americana de Psiquiatría, y se señala a la psiconeuroinmunologia como apoyo para este reconocimiento. Dentro del ámbito de la Psicología tenemos espacios de construcción teórica y técnica que pueden adaptar su acción al nuevo enfoque. El espacio profesional más evidente es el de la medicina conductual, en cuanto a la asistencia a la persona con alguna enfermedad, y visto el desarrollo del campo de la inmunología conductual, se abre un espacio ilimitado de acciones dirigidas a construir nuevas comprensiones y terapéuticas para la persona enferma, de la misma forma, la psicología clínica, que por su desarrollo, predominantemente en espacios asistenciales y hospitalarios, cuenta con el instrumental técnico y teórico, para ejercer una acción desde el enfoque de la psicoenuroinmunologia con un fin eminentemente asistencial, con técnicas y acciones para superar la enfermedad, cada vez más sofisticadas.
La psiconeuroinmunologia, no tiene un desarrollo teórico integrador, hay algunos intentos como el modelo biocognitivo (Martínez, 2001; Santiago, 2001) para construirlo a la luz de esta interdisciplina, no obstante la lectura de las evidencias experimentales, pueden ser hechas desde dos líneas de pensamiento paralelas. Una de ellas se centra en la reducción de lo psíquico a un conjunto de neurotransmisores mensurables vistos como determinantes de nuestros comportamientos más complejos, en consecuencia, la solución a la insatisfacción, la infelicidad o el desamor sería la conveniente manipulación de ciertos neurotransmisores, utilizando medios físico-químicos, o convirtiendo las cualidades humanas en recursos técnicos. La segunda línea de pensamiento se apoya en la emergencia de un nuevo paradigma integrador en el campo de la epistemología para referirnos a la salud desde un punto de vista más global, con el objeto de superar la visión dualista del ser humano, para hacerlo desde una mirada que permita un acercamiento en positivo, desde su propia realidad sustantiva, y no simplemente como la visión en espejo de la enfermedad.
La psiconeuroinmunologia muestra las interacciones entre cualidades humanas que afectan positivamente en forma total o parcial la respuesta inmune, pero se debe ser cuidadoso al momento de convertir esas cualidades humanas en artificios tecnificados y descontextualizados, en función del modelo médico imperante, más que defenderlos como propiedades humanas que están presente con todas sus dimensiones e interacciones, en un modelo como el de la psiconeuroinmunologia, en donde estas manifestaciones tienen cabida, es decir la risa es una cualidad humana y debe estar presente en toda interacción hasta en el ámbito clínico, sin que para legitimarla, pase a ser necesariamente “risoterapia”, al igual que el baile como expresión genuina del ser humano, no es más, ni mejor, porque se llame bailoterapia, como decía sabiamente el Sr. Candelario Camejo “…aquí en Barlovento no sabemos de bailoterapia, aquí nos conformamos con bailar tambores…”
Las evidencias experimentales de la psiconeuroinmunologia, pueden apoyar la construcción de un cuerpo teórico para planificar acciones dirigidas a promocionar la salud, que consiste en apoyar las cualidades humanas, que actualizan y desarrollan las potencialidades de las personas, y hacen más viable las expresiones saludables y disminuyen el riesgo de enfermar. Para ello debemos sacar a la psicología de la salud de los muros del hospital, dejemos allí a la psicología clínica y a la medicina conductual huyamos de la mano de la psicología positiva, quien desde los jardines del hospital nos seduce con la frescura de las cualidades humanas que potencian realmente la salud de una manera global, desde los espacios donde discurre la vida cotidiana, allí está la risa, el movimiento, la espiritualidad, la imaginación, el reposo, los sueños, fantasías, los encuentros y desencuentros, la creatividad y todo el colorido del mundo emocional.
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